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“Todo estará bien”

A mi esposa le diagnosticaron cáncer, el médico me lo hizo saber con un lívido lamento. Volví a la habitación contigua y la vi sentada, sintió mi presencia y volteó. La palidez de mi rostro le hizo entender la gravedad de la situación, nos abrazamos con ferocidad y nuestro llanto silencioso se mezcló. Cuando quise besarla sus labios sabían a lágrimas y en mis mejillas rojizas aún resbalaban algunas. Las palabras se ausentaron, cogí su mano y me detuve en su mirada. Entró el doctor, nos sugirió sentar y explicó el posible procedimiento. Es una operación riesgosa que podría darle cierta calidad de vida, dijo al final. Nos miramos y cogidos de la mano respondimos con tenacidad: Hágalo de una vez. Tras una llamada, el médico nos aseguró que debían de internarla de urgencia y que fuese a casa a recoger sus prendas y utensilios personales lo más pronto posible. No quise dejarla, me quedé a su lado hasta verla sobre la cama de una habitación desolada, descansando a causa del conato de medicamentos inyectados previos a la cirugía. Cuando la encargada salió, la vi dormir plácidamente como lo he hecho a lo largo del tiempo. Soy de despertar temprano, ella de dormir hasta superar las nueve. Le di el mismo beso en la frente que le doy todos los amaneceres y siguió durmiendo, esta vez; sin esbozar la típica sonrisa ocasionada por el cosquilleo de mis labios; aunque ella siempre afirma que ocurre por la linda sensación que tiene al sentir el beso. Salí del lugar para meditar, vi a los enfermos de las otras habitaciones y a sus familiares darles de comer, a gente de avanzada edad orar al Cristo crucificado que yacía al final del camino y los doctores errantes entrando y saliendo de los distintos cuartos compartidos. Reconocí al de cabecera, hizo un ademán y me acerqué de inmediato. —Ya está todo listo; pero quiero que sepa que es de alto riesgo. Cogió mi hombro y añadió, haremos todo lo que podamos. Entramos a la habitación de mi esposa. La enfermera y otro doctor ingresaron después. Enseguida, se la llevaron en camilla a la sala de operaciones y en el camino abrió los ojos; pareció entender el rumbo, cogió mi mano con delicadeza y sonrió para luego decirme: Todo va a estar bien si ustedes se quedan conmigo. No pude entrar a la sala, me mantuve afuera y luego me indicaron que vaya a cierto lugar para poder observar la cirugía. Junto a un doctor que no había visto antes, me encontraba observando la delicada operación. Un largo y grueso vidrio impedía el acercamiento; los veía colocarse los instrumentos y a mi esposa echada, ya dormida por la anestesia. Oraba en silencio cuando fui interrumpido por una mano en mi hombro. — ¿Eres el esposo? —Así es. —Todo va a estar bien, respondió dándome una leve palmada en el hombro. Volteé un instante y vi que su rostro reflejaba, aparte de calidez, bastante confianza y seguridad. La intervención comenzó. De manera fantasmagórica vi salir a una criatura espeluznante, un cangrejo nacido en el infierno, con cuchillas prominentes y afiladas, boca llena de dientes filosos. De un completo color negro, sus ojos blancos en su totalidad miraban con desafío a los médicos que intentaban exterminarlo con sus armas. Este las hacia rebotar con sus cuchillas y expulsaba grosos sonidos que relacioné como risa burlona. Pasaba el tiempo y el horripilante monstruo salido del cuerpo de mi esposa vencía a los médicos en sus estériles intentos por detenerlo. Uno de ellos, el de cabecera, hizo una señal para que todos se alejaran, dejaron los instrumentos quirúrgicos a un lado y pensé que la batalla había terminado con derrota contundente. Nuevamente el satánico ser derrochaba esos tétricos sonidos; pero noté que todos se colocaron detrás de un fuerte blindado y un láser multicolor lo atacó con violencia haciéndolo retroceder. El némesis cayó herido; pero volvió a levantarse, el láser arremetió de nuevo y este empezó a contener su poder utilizando sus oscuras y duras quelas. El poder del rayo comenzó a dar efecto, el asesino, se debilitaba; pero entonces, la luz se detuvo. Los doctores salieron del fuerte y se acercaron al cuerpo de mi esposa. El monstruo pudo levantarse. Debilitado y exhausto, volvió a adentrarse en ella. —Pero, ¿Por qué no siguen? ¡Ya lo estaban venciendo! ¡Ya lo estaban derrotando! Grité con fiereza golpeando el cristal. Notaron mi presencia exaltada, alguien vino a detenerme, puse resistencia; pero me llevaron entre tres. — ¡Solo un poco más! ¡Podían haberlo derrotado! Gritaba desesperado. Me dieron un calmante y sentaron en una banca. Minutos después, apareció el doctor, se hallaba sudoroso y notablemente agotado. —Doctor, ¿Qué sucedió allá adentro? ¿Por qué no siguieron? Estaban a punto de vencerlo. —Por favor, cálmese, dijo, cogiendo mis hombros. —Siéntese, añadió. Y lo hice. —Hicimos todo lo que pudimos; pero la operación no funcionó. Lo lamento. — ¿Qué? Pregunté exaltado y llevándome las manos a la cabeza. —Ha fallecido. —Pero… yo lo vi. Ustedes estaban ganando, iban a derrotarlo; pero se detuvieron. ¿Por qué lo hicieron? —Usted esta delirando, tome otro calmante, por favor. —Le dije que era una operación muy riesgosa. Lo intentamos, aunque; no pudimos salvarla. El doctor agachó la cabeza en señal de pena. — ¡Iban ganando! Lo atacaban con esa máquina de potente brillo, el cáncer estaba perdiendo. ¿Por qué se detuvieron? —Batallamos por tres horas, señor. Hicimos todo lo que se pudo; incluso, lo atacamos con el láser que usted vio. — ¡Sí, yo vi el láser multicolor! Vi como lo arrojó lejos. Estuvo a punto de penetrar en su coraza. ¡Iban a destruirlo! ¿Por qué se detuvieron? —Usted no pudo ver nada. Salvo la máquina y a nosotros operándola. — ¡Yo vi al monstruo salir de su cuerpo! —Esta delirando, le recomiendo que tome un calmante y vaya a descansar. Lo necesita. —Señor, la situación nos ha desgastado a todos, lo dimos todo y lo lamento. Volvió a coger mi hombro y salió de la habitación. Me senté en la banca llevando mis manos al rostro. —Estuvieron a punto de salvarle la vida, dije para mis adentros mientras las lágrimas caían. —Aún puedo salvarla, dije de repente con importante ímpetu. Me levanté de la banca y dirigí a la sala de operaciones. Ya no estaba allí. Supuse que estaría en la morgue, fui con rapidez. Los doctores y las enfermeras ya no estaban por ninguna parte, ingresé y me asomé a su cuerpo inerte. Yacía en silencio, su rostro sin gesto, desnuda; aunque cubierta con una manta hasta la altura de la clavícula. Mis lágrimas cayeron en sus mejillas y labios, acaricié su cabellera y le dije: Te amo, todo tiene que estar bien. —Señor, no puede estar aquí. Lamento su pérdida; pero debe esperar afuera, dijo la enferma que acababa de regresar. Enseguida, entró el doctor y se sorprendió al verme. Le hizo un ademán a la señora que se fue de inmediato, se acercó y me dijo: Caballero, realmente… —No se preocupe, lo interrumpí y añadí, solo me voy a despedir. —Lo espero afuera. Vi que se juntó con sus colegas y se fueron alejando. Entonces, aproveché para colocar su cuerpo en una camilla y al notar que nadie vigilaba la saqué. En el pasillo me vieron y gritaron a la par: ¡Señor, por favor, deténgase! El médico que andaba a mi lado durante la operación, apareció de repente saliendo de una habitación, cogió algunos utensilios y los arrojó al suelo haciendo demorar su andar. Todos miraron de un lado hacia otro. Corrí llevando el cuerpo en la camilla a una velocidad impresionante, me persiguieron junto a unos guardias y la misma enferma, llegué a la sala de operaciones y pude cerrar la puerta con seguro. —Todo va a estar bien, mi amor, le dije tras colocar su cuerpo en el centro. Me instalé detrás del fuerte, presioné el botón en rojo y el láser apareció en dirección a su cuerpo. Rápidamente salió la bestia, era como si nada le hubiera sucedido y al recibir el impacto del arma multicolor comenzó a cubrirse con su garras. El guardia buscaba las llaves de la sala, los doctores gritaban desesperados; pero los ignoraba. Estaban impacientes y angustiados por entrar mientras libraba una batalla descomunal contra tan monstruoso y vil ser. Caía y se levantaba, sus quelas empezaron a debilitarse, pude notar como destruí una de ellas, cayó y desapareció tras hacerse polvo. Sus ojos blancos que no denotan sentir me vieron y vio los míos llenos de convicción y coraje. Tal vez no vio la misma tenacidad en los doctores. — ¡Púdrete bestia del demonio! Dije al tiempo que aumenté la intensidad. La creación del diablo fue perdiendo su coraza, caía destrozada al piso y el polvo se diluía. Los hombre de blanco destrozaron la luna y el guardia metió su brazo para abrir la manija. Entonces pude escucharlos: ¡Señor, por favor, pare, no siga! ¡Está cometiendo una completa locura! Pegué un grito tan fuerte que todo el nosocomio pudo haberlo oído y aferré mis manos al comando principal del arma de luz. La mutación perdió sus garras y pude perforarle el cuerpo, aniquilé su coraza y penetré en su pecho haciendo que las luces lo traspasaran. En ese momento entraron todos, me sujetaron del cuello; pero no me rendí. Seguí presionando viendo a la bestia caerse, uno de sus ojos cerrarse y antes de que lograran alejarme, noté que cayó para no levantarse, desapareció luego de hacerse añicos. Logré vencerlo. Cuando estaban a punto de sacarme del lugar, oí su voz: ¿Amor? Todos nos detuvimos. El médico descolgó el estetoscopio y citó a su corazón. Lo escuchó latir y fue atónita su reacción. El resto también se estremeció. Me acerqué y la abracé. Hizo lo propio con delicadeza y luego con intensidad. — ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo pudo haber sido posible? Se preguntaron incrédulos. Los exámenes posteriores notaron la ausencia del cáncer. No había rastro celular de él. Desapareció por completo. Derrotado por la tenacidad y el don momentáneo de ver más allá. La cogí de la mano y me la llevé. Caminando por el pasillo, me dijo: Sabía que todo saldría bien porque ustedes están a mi lado. Sentí que alguien tocó mi hombro y al girar vi al cirujano misterioso que ya se encontraba doblando la esquina, acompañando a una chica que le daba ánimos a su novio en silla de ruedas a quien iban a operar. Volteó para verme y esbozó una sonrisa. Vi a mi esposa y ella también le sonría.

Fin

Bryan Barreto, de Lima – Perú.

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