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Recuerdos

Los panteones son sitios a los que nadie quiere ir, pero no me refiero solo al hecho de que a muchos les da miedo que los “espanten”, sino que, por lo general, se va a enterrar o a visitar a un ser querido; y la acumulación de tristeza y energía negativa por parte de todas las personas llega a ser abrumador.

Una mezcla de ambas cosas ocurrió en el cementerio a una joven que prefiere omitir su nombre, pero que nos relata algo sorprendente:

“Desde que nos mudamos aquí, hace 7 años, he visto a un chavo parado enfrente de mi ventana casi todas las mañanas y cuando salgo me mira con una cara muy seria, y después de un rato que lo veo se va y a media calle desaparece.

“No sé quién es, nadie me cree; entonces, decidí buscar por mi cuenta, pero a todas las personas de la colonia que les preguntaba no decían nada, pero se ponían nerviosas.

“Poco después, una amiga mía murió de una rara enfermedad, y acudí a su entierro, al final, me quedé sola en el cementerio al lado de su tumba, llorando.

“De repente llegó un chavo y me dio un pañuelo blanco y me dijo: ‘Ella siempre va a estar contigo’, y cuando volteé, no vi a nadie. Me paré, luego revisé detrás de la tumbas y no había nadie. Cuando me fijé en el pañuelo tenía la inicial ‘D’ bordada. Yo me asusté mucho y me alejé del cementerio.

“Al llegar a mi casa, descubrí que estaba la mamá de mi amiga, quien me dijo que quería hablar a solas conmigo. Antes de que me dijera algo vio el pañuelo y me preguntó: ‘¿De dónde agarraste eso?’, y le dije que alguien me lo dio y le conté toda la historia, la cual, por cierto, nadie me creía cuando la contaba.

“Me dijo la mamá de mi amiga que ese pañuelo pertenecía a uno de sus amigos, quien había fallecido cuando ella también tenía 14 años y que vivía en la casa de enfrente. Y me invitó al predio, para mostrarme una foto de él, y cuando la vi ¡era exactamente el mismo chavo que veía casi todos los días frente a mi casa!

“La señora me dijo que, probablemente, él fue el quien me dio el pañuelo, aunque lo sorprendente del asunto es que , me aseguró que a él lo enterraron con esa prenda…”

Un caso parecido, me contaron, ocurrió en el panteón de Kopomá, pues hace unos 20 años, cuando enterraron a una señora, su marido le puso dentro del ataúd, a un costado del cuerpo, una ropita de bebé que a ella le gustaba mucho, pero, increíblemente, cuando el señor llegó a su casa, esa ropita estaba en la hamaca de la difunta, la cual estaba colgada en su cuarto.

El señor, en parte por miedo y también por respeto, no quiso que abrieran el ataúd, pues interpretó esto como que la señora quería que se quedara con las prendas como recuerdo.

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