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Presencia maligna

Mi papá trabajaba cerca de la casa, en la colonia Paraíso y llegaba de repente a la carrera a comerse un taco o al baño.

En la casa siempre estaba mi hermana menor y a veces la acompañaba una amiga para que no se sintiera sola.

Un día llegó mi papá y tenía prisa por entrar al baño, cuando pasó por el cuarto de mi hermana, dice que vio que en la orilla de la cama estaba sentada una
muchacha.

–¡Hola, buenas tardes!– la saludó muy cordial y ella lo miró fijamente.

Cuando llegó al baño, lo encontró ocupado por mi hermana y le dijo que por favor no se tardara, porque le urgía entrar.

Decidió esperarla en la cochera de la casa y luego de un momento ella salió y le dijo:

–Ahorita vengo papi, voy con Yadira.

–Está muy bien, pero… ¿vas tú sola?

–Sí, papá.

–¿Y Luego la muchacha que está ahí adentro en tu recámara?– le preguntó.

Ella empezó a reírse nerviosamente y le dijo que si la quería asustar, pero papá le contestó que no, que de verdad estaba ahí sentada.

-¡No, apá, no me asuste que estoy sola!

Viendo cómo se ponía del miedo, le habló suavemente:

–No te creas, hijita, no te creas… era una broma.

Entonces rieron de buena gana y ella partió a casa de su amiga, sin embargo, papá no se quedó con la curiosidad y en cuanto ella desapareció de su vista fue
corriendo a revisar la habitación.

–Oye apá… ¿y fuiste al baño? –yo le pregunté luego y enseguida me dijo sonriendo:

–No m’ijita, yo sé lo que vi, mejor me aguanté.

Esa casa estaba rara, por las noches crujían mucho los muebles y paredes, comentaba mi abuelita que en su rancho decían que cuando hacen así, es que están
preparando el cajón porque alguien va a morir.

Pero la ciencia lo explica de otra forma, que es debido a la estática que se queda en los muebles o porque se hinchan y contraen debido al calor o la humedad.

Desde antes de que viviéramos ahí, decían los vecinos que veían la sombra de una mujer de negro que aparecía de la nada y que luego traspasaba la pared del
frente y se metía a donde teníamos la sala.

De hecho yo la vi dos veces, pero desde dentro, una tarde que estaba acostada en mi cama y miraba hacia esa ventana observé que esa sombra pasó muy sigilosa.

Yo dije: ¡Ay, creo que pasó mi abuelita! Pero eso era imposible, pues ya tenía tiempo de haber fallecido.

Papá la veía también, él nos contó que cierta noche estaba platicando afuera, en la banqueta con un amigo, cuando repentinamente se apagó la luz en toda la casa.

Como el patio del vecino tenía una luz muy potente, ésta se filtraba por una ventana e iluminaba tenuemente una de las recámaras.

Entonces ambos observaron que en el interior, la silueta oscura de una mujer pasaba de un lado a otro.

–¡Mira, Sammy! ahí va tu esposa.

–¡No, estás loco! Ni ha llegado, no hay nadie adentro –dijo extrañado.

Y como no le creyó, juntos entraron a revisar quién o qué era lo que habían visto.

Unos segundos duraron dentro y rápidamente salieron; no encontraron nada pero sintieron muy feo el ambiente.

Mi hermano decía que unas muñecas grandes que teníamos jugaban en la noche.

Nadie le creyó, hasta que papá confirmó eso cuando nos comentó: “Esa mona grande yo la dejé de una forma en la noche y al otro día que me levanté temprano
estaba en otro lugar y en diferente posición.

¿Alguien las movió? –nos preguntó– la negativa fue general, pero aún así, mamá tiró una y guardó la otra.

Otra cosa que también pasaba, era que en las madrugadas se escuchaba algo parecido a una piedra que rodaba en el techo.

Y en otras ocasiones, que alguien se mecía en el techo (no teníamos mecedoras ahí); mi madre se desesperó del ruido y con un palo de escoba le pegaba a la
placa. Pues fue buen remedio, porque ya jamás se volvió a escuchar.

Quién sabe qué sucedería, nosotros vivimos muchos años ahí, luego nos cambiamos y creo que ahora permanece sola con sus fantasmas.

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