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Oso

Ey, ¿me recuerdas? Tú y yo éramos amigos, cuando eras pequeño yo siempre iba contigo de un lado a otro. Cogías mi pata de tela y me arrastrabas allí donde ibas. Jugabas conmigo y me contabas tus secretos más profundos. Soy tu viejo compañero, tu oso de peluche. Cuando dormías era yo quien velaba por tus sueños, matando y destripando a las pesadillas que pretendían entrar en ti. Llenaba mis pequeñas zarpas de felpa de su negra sangre para protegerte, y lo único que necesitaba era amor. Pero un día creciste, y cada noche me dejabas sobre la estantería, donde veía como esas malditas pesadillas te hacían daño, sin poder moverme, escuchando los alaridos de tus sueños. Es una pena lo que tengo que hacerte.

Oh, sí, debo hacerte algo. Recuerdo los 10 años. Me dejaste tirado, en aquel baúl del sótano donde gritaba para que me sacases… Pero no obtenía respuesta. Pasé allí mucho tiempo encerrado.

Abriste el baúl y te vi ahí, con el amor de tu vida, con 16 años… “Que imagen más bella, viene a pedirme perdón” pensé. Y me metiste en esa bolsa de plástico mientras la persona a tu lado reía contigo. Era agobiante: las risas, el plástico apresando mi desgastado cuerpo, los pasos y silencio hasta que el camión de la basura vino a recogerme. Yo quería llorar, pero una sonrisa cosida cuesta de quitar de mi cara.

Te haré llorar lo que no pude llorar yo.

Llegué a aquel pestilente lugar entre tumbos y botes, para caer entre la basura. La idea de estar allí, ser cubierto por la basura sin poder ver tu cara, tu piel, tus órganos por última vez… Algo afilado me tocó, un viejo cuchillo oxidado. Lo agarré con mi patita descosida y abrí la bolsa. El cementerio de deshechos es una imagen decadente. Anduve minutos, horas hasta volver a la puerta de tu casa, cuchillo en mano. Que bella, la luna. Tú y yo siempre la mirábamos juntos y me decías que me llevarías allí contigo… Se donde escondía tu madre la llave de repuesto, en la maceta de al lado de la puerta. La cogí y abrí en el silencio de la noche. Subo las escaleras, abro la puerta de tu cuarto. “No son horas para estar con el ordenador ¿no crees?” digo, pero no me oyes, no puedo abrir la boca. Salto sobre ti alzando el cuchillo. No sabes qué está pasando ni por qué estoy cortando tu cuello entre gritos ahogados que tapo con la zarpa.

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Me gusta, ahora soy tu pesadilla y mientras se va tu vida mi forzada sonrisa de hilo se hace cada vez más grande. Soy yo, tu amigo más íntimo, tu perdición, tu oso de peluche

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