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Los Líseres

Te contaré de una fiesta típica en los llamados Tuxtlas de Veracruz, en esta ocasión y en especial, la de Santiago Tuxtla, Ver., organizan varias festividades, entre ellas, la de los Líceres es una tradición muy antigua, que deviene de una leyenda mitológica popular.
Santiago Tuxtla, Ver., localizada a pie de la Sierra de San Martín y a 285 kms. Sobre el nivel del mar.
La fiesta típica de Los Líceres se desarrolla todos los años durante el mes de junio, acentuando la celebración los fines de semana, es una tradición muy antigua que viene de una leyenda mitológica, popular, real o histórica, algo que aún no se sabe. Sea como sea, la tradición se respeta año tras año y todo el simbolismo se remite a aquella leyenda. La leyenda dice que antiguamente los habitantes autóctonos mataban a los jaguares y se disfrazan con sus pieles para camuflarse y defenderse de los malhechores. Emitían los bramidos de los felinos y si eran atacados se defendían con un lazo. La tradición ha teatralizado esta leyenda. Mayormente los jóvenes son los protagonistas de esta hazaña, pero pueden participar todos los que quieran. Estos se disfrazan con atuendos compuestos de un cuero (mameluco) y una capucha. La tela debe tener motas, identificando a la piel del jaguar y la capucha dos orejas como su cabeza. Se organizan en pandillas que generalmente se agrupan por barrios. Durante los días de este festejo, las pandillas deambulan por las calles del pueblo, emitiendo los bramidos y correteando agazapados a los niños a quienes se cargan en los hombros y dan vueltas sin parar. Es una festividad muy entretenida. En su transcurso, toda la gente está pendiente de la aparición de los Líceres para evitar ser sorprendidos por alguno de ellos. Si uno de ellos te llega a sorprender, debes de correr, de lo contrario serás cargado y mareado por uno de ellos.

Los Líseres

Una perfumada noche de luna creciente, nació una niña tan bonita que no parecía de este mundo, era hija de uno de mis abuelos de los más viejos, blanca, de piel de durazno color de azucena, lindos cabellos dorados y grandes ojos, raros como de almendras en que se reflejaban suaves y temblorosos pálidos rayitos de luna. Por eso la bautizaron: Rayo de Luna. Nunca en nuestra raza que es fea se había visto nada igual, de lejanas tierras venían a conocerla, a rendirle homenaje y le traían ofrendas y le cumplían mandas. Todo fue llegando a oídos del Gobernador, mis tatas recibieron órdenes de llevarla a los aposentos reales y allá fueron siguiendo a empenachados sacerdotes. Todos los que la vieron en el Templo se prendaron de ella por el halo de belleza y de virtud que la rodeaba. El sacerdote Gobernador dijo: “Vivirá con su familia un año más y luego vendrá a adorar a nuestros Dioses, creemos que es una Princesa Blanca. No permitiremos que traiga dificultades a nuestro pueblo”. Mis tatas regresaron llorando muy tristes, llorando tanto, que el Dios de las aguas compadecido lloró con ellos, crecieron los ríos, se inundó la Ciudad, iban a perderse las cosechas de maíz, hierba de México y alimento del pueblo. Atemorizados por el desastre culparon a Rayo de Luna, la buscaban para el sacrificio, mis Tatas la escondieron y la llevaron por los montes en senderos ignorados. Cuando llegaron a la primera sabana del Volcán, oyeron grandes voces en Olmeca que ordenaba: regresen que nadie los molestará. En el umbral de su ranchito encontraron al gran Sacerdote disculpándose, llevaba traje de ceremonia, túnica escarlata, y penacho de plumas rojas y blancas, dijo que en acatamiento a la Princesa en aquella casita edificaría un templo. Todo esto sucedia porque el gran Tonatiuh con un soplo y con sus rayos detuvo las aguas y revivió las cosechas.Rayo de Luna era amada y propicia a los Dioses. Pasaron rodando varios años de felicidad, de abundancia y de paz, y la niña se convirtió en una real mujer, la más bonita de todas las mujeres. Pero como no hay nada seguro en este mundo, porque lo único seguro es la muerte, una tarde triste y nublada en que no se movía ni la hoja de un árbol, comenzó a respirar fuerte el Volcán de San Martín, a vomitar lumbre, lava y enormes piedras calientes, se estremecía la tierra como si tuviera las tercianas y se hacían grietas que se tragaban a las casas, a las gentes y a las bestias. La ceniza no dejaba ver a un metro de distancia, se creyó que era el fin del mundo. Asustados los sacerdotes buscaban a Rayo de Luna para sacrificarla y calmar a los Dioses. Y sucedió lo increíble. Como todos los animales de la montaña huían aterrorizados echaron abajo trozos de la muralla y el primero en entrar al pueblo fue un hermoso tigre Real -Ocelot- que se llevó a Rayo de Luna. Todos los vecinos lo vieron, la llevaba en las fauces suspendida del huipilli cuidadosamente, suavemente como hacen las gatas cuando cambian de lugar a sus gatitos. Ella iba feliz, paso a paso se dirigió el tigre a la montaña sin importarle la ira de los elementos, algunos guerreros valientes lo persiguieron entre el infierno de lava, lumbre y humo, Ocelot los ignoró. La deposito en lecho de flores en su cueva en el laberinto de las intrincadas selvas de las vertientes del Volcán. En ese momento vino la calma, dejó de temblar la tierra, volvió la tranquilidad a todos. La princesa había calmado a los Dioses con las rojas primicias de su amor. Como en ninguna otra época fueron galanas pacíficas e idílicas las verdes y suaves playuelas del Volcán de San Martín. Siguieron rodando muchos años más cuando el Dios estaba de humor volvía al pueblo convertido en Líser asustando a los vecinos que se apresuraban a esconder a los niños.

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