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La silampa ” ( leyenda panameña )

Cierta noche había llovido de manera torrencial. Los relámpagos rajaban la oscuridad del cielo. El aguacero todavía había quedado embolsado en las nubes, pero el viento se las llevaba hacia un horizonte invisible.

El campo había sido cubierto por una densa niebla de un amarillo grisáceo, declinando primero a púrpura y después a oscuridad total, dura e impenetrable, a no ser por las descargas eléctricas.

Descendía la noche con pesadez. Los animales corrían a esconderse en sus madrigueras, los armadillos cavaban en la base de los promontorios de tierra, las culebras se internaban entre la hierba alta, los monos se ocultaban entre las hojas nuevas de los árboles y miraban con sus ojos encendidos por el miedo. Los pájaros hacía rato que se habían convertido en humo.

De los arrozales regresaban dos campesinos. Era sábado y acababan de cobrar su salario. Caminaban con cierta pesadez, como si llevaran sobre sus espaldas pesados fardos.

El cansancio era una especie de vestidura ajustada que les impedía mayor movilidad. Conversaban sobre la jornada, sobre las mujeres y los tragos, sobre las vacas y los caballos, sobre lo buena gente que era el capataz y sobre los cañaverales que ya alentaban la zafra.

A lo lejos, el sol se había zambullido detrás de los cerros y había dejado tras de sí una estela color naranja. Los cerros comenzaban a tornarse invisibles deformados por la bruma. Un nimbo opaco se enroscaba entre los matorrales.

Los dos agricultores sentían cierta desazón mientras la oscuridad avanzaba. Sus voces eran como el crepitar de las hojas secas bajo las pisadas. Debajo de las camisas sudadas, el corazón les golpeaba contra el pecho con una creciente ansiedad. El costillar contenía el duro pulso del miedo.

Les habían advertido sobre los riesgos de la noche en el ejido, de las criaturas infernales que acechaban, de los aullidos de los demonios y los gritos de las brujas. Les dijeron también que unos perros muy negros y de ojos encendidos acechaban en las tinieblas. También se les recordó la tenebrosa aparición conocida como la Silampa, una blanca deformación que aprisiona a los viandantes descuidados a los que les chupa sangre, carne y huesos. Pero se retrasaron en la cantina tomándose un par de tragos de guarapo.

No bien habían visto derrumbarse el día sobre las sinuosidades del paisaje, escucharon el primer murmullo que provenía de la espesura. Era como el roce de la lija sobre la madera o como el restregón del anca de los caballos contra la madera del corral cuando les pican las pulgas.

“Jesús Sacramentao, eso me pareció el ronquido del mismísimo diablo. No hicimos caso y ahora la noche se nos viene encima con toda su maldad”.

Así hablaba uno de los caminantes mientras apuraba el paso y miraba a su alrededor con los ojos desorbitados como agujeros de culebra. Su camarada, mientras tanto, se hacía el macho y blandía un cuchillo largo de hoja brillante y empuñadura de imitación de marfil.

“Si tienes miedo corre, replicó, a mi nada ni nadie me asusta y para protegerme de todo mal traigo a este amigo conmigo”.

Él otro no dijo nada. Un profundo silencio se hizo entre los dos y ya doblaban el último recodo del camino antes de divisar el caserío donde vivían, cuando una forma resplandeciente, parecida a una manta se levantó ante ellos. Era una sábana o un lienzo, blanco resplandeciente que se alargaba y ensanchaba hasta ocultar tras de sí el último racimo de estrellas de esa noche nublada de invierno.

El más temeroso de los dos corrió despavorido, saltando sobre sotos y peñascos y como había llovido, sus pies se enterraban en el lodo, pero un feroz ímpetu y un terror aún mayor, le impulsaba con mayor velocidad.

Quien portaba el cuchillo se había quedado alelado, mirando la cerrazón, cortada por la sábana blanca que sobrevolaba sobre el terreno y que terminó por cubrirlo sin que pudiera articular una sola palabra, paralizado como estaba por el pánico.

Cuando el otro llegó al poblado dijo haber visto a la Silampa sobre el camino, con su color lechoso y su movimiento ondulante. Dijo no saber nada de su amigo porque corrió como el viento para escapar del demonio aparecido de pronto en el sendero.

Según se dijo en el lugar, el hombre del cuchillo había desaparecido. Tan solo se había encontrado el filoso objeto al pie de un árbol de mango. Alguien aseguró haber visto una mancha de sangre en la hoja.

No faltó quien dijera que el desaparecido había sido asesinado por su colega en una pelea de borrachos. No se pudo comprobar nada porque el cuerpo no fue nunca encontrado. La gente terminó por creer que la Silampa cubrió el cuerpo de su víctima y le succionó la sangre, la carne y los huesos.

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