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LA RODILLA DEL DIABLO

Relato enviado por nuestro amigo Rafael García disfrútenlo y si quieren compartir algún relato como este pueden enviarlo y con mucho gusto lo publicaremos.

Cuenta la leyenda que en la calle del Refugio, que después se llamó Tepetate y actualmente Aztecas, antiguamente había una piedra laja que embonaba perfectamente con una rodilla y que delimitaba la esquina con la actual calle de Obregón.

Precisamente en esa calle del Refugio, que en aquel tiempo era un simple callejón oscuro que delimitaba una propiedad del convento de los Padres Carmelitas y en donde no había ninguna construcción, sino solo largas tétricas tapias que arrancaban desde la calle de Atarjea hasta Obregón, hasta terminar en lo que hoy es la calle de Benito Juárez, antes Compañía Vieja, se propició una de las leyendas más conocidas y populares de Celaya.

Se cuenta que un capataz de las obras de reconstrucción que realizaban los sacerdotes en Celaya de entonces, tenía por costumbre elegir entre los candidatos a los mejores y más saludables hombres y para tal objeto y evitarse trabajos de elección, mandó poner la famosa piedra laja que daba la altura requerida de una persona físicamente bien constituida y a determinada distancia había dos hoyos en donde también debían embonar los dedos índice y pulgar y quien pasaba la prueba, casi automáticamente estaba contratado por el capataz de marras.

La gente decía que este consejo se lo había dado un capitán que un día se había aparecido en la obra, vistiendo una enorme capa que era de color negro. El capataz, ni tardo ni perezoso, aceptó tal consejo y ello le daba más tiempo de estar acostado tomando pulque y aguardiente.

Dicen que atenazado por la necesidad, un día llegó un jovencito, casi un niño, pero bien desarrollado, que dio las medidas perfectas en la piedra dicha y de inmediato empezó a trabajar; pero al no dar el rendimiento de la gente adulta, el capataz descargó su ira nacida de la embriaguez sobre la espalda y rostro del jovencito, destrozándole la nariz y dejandolo casi baldado del brazo izquierdo. Al ver los compañeros de trabajo que el muchacho ya estaba desfallecido, detuvieron el brazo del verdugo y en ese momento vieron un rostro desfigurado que tenía “espuma en la boca” y uno de los trabajadores le aventó un escapulario, que al tocar el cuerpo del malvado golpeador vieron que no era otra cosa que el capitán de la capa dragona, que al recibir el roce del escapulario inmediatamente se hechó a correr perdiéndose por el lado norte de la Ciudad. Todos se dedicaron a cuidar a la criatura y fue hasta entonces que vieron al capataz dormido, perdido de tanto embriagarse, y que ni cuenta se dio que el demonio lo había suplantado y enterado que fue el sacerdote encargado de la obra, dio de baja al irresponsable capataz, bendijo la piedra y no hizo aprecio de la conseja que existía y por lo mismo no ordenó que se quitará de su lugar.

La piedra estuvo por años y fue hasta 1960 cuando se empezó a lotificar el rumbo de Aztecas y la piedra fue quitada de su lugar y con ello se perdió la tradición de muchos niños, que para medir su valor acudían a medir su rodilla en la piedra y a meter los dedos en las hoquedades, y hasta la gente adulta evitaba pasar por el lugar, pues no dejaba de sentir cierto escalofrío al recordar que según las consejas, la piedra que ahí existía la había puesto personalmente el diablo.

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