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La Maldición de la Gitana

Una calurosa tarde de primavera caminaba por la hermosa Avenue Francoise Peupliers. Venía muy tranquilo, subiendo en dirección este, mientras observaba las extraordinarias esculturas marmóreas de ese excelso paseo entre los álamos. Así, extasiado vislumbré elDiscóbolo de Mirón, el Idolino, el Sófocles y el Demóstenes de Polieucto, la Diana Amazona de Fidias, los Luchadores de Lisipo, entre otras maravillas del mármol y la mano pródiga.


Continué mi andar mientras el sol me abrigaba la espalda con un cálido manto naranja. De este modo viré a la izquierda, saliendo del paseo de esculturas, para dirigirme a la majestuosa y antigua plaza de la ciudad, con su enorme pileta engalanándola en su núcleo.

Caminando a paso lento llegué al lugar, las familias compartían alegremente un momento de distracción. Entonces compré una bolsa de maíz y me senté en una banca de madera para tomar un descanso y alimentar a las palomas que, en ese sector, se ven por doquier.

Arrojé un puñado de maíz al suelo y de inmediato las siempre famélicas aves se acercaron. Veinte o treinta podía contar con facilidad. Recompensé su hambriento jolgorio con una segunda porción de granos; mientras el agua de la fuente salpicaba tras de mí.

Los ciudadanos pasaban cerca mío sin ningún interés en mis afanes. Los niños corrían en el césped siguiendo un balón o una cometa, gritando entusiasmados, revolcándose en la hierba, mientras sus padres los veían con orgullo.

En eso estaba cuando junto a mí se sentó una mujer de horrible aspecto. Recordé de inmediato la efigie de Medusa: una cabellera enmarañada – al verla, incluso, pensé en cuántos ácaros habitarían entre aquellos hediondos cabellos -; una cara hosca, manchada de hollín; una piel rugosa como la de los habitantes del oscuro Innsmouth; y un cuerpo flaco, débil y famélico; notábase al instante la mala alimentación de aquel esperpento a mi lado. Sus ropas – un vestido de muchos colores, ceñido en su parte superior y ancho a los pies – eran sucias y haraposas. Llevaba, además, un chaleco de hilo rojo, mientras unos sucios zapatos negros con hebilla protegían aquellas mugrientas patas de gallina.

Al ver tanta calamidad humana me sorprendí y espanté, pero todo esto lo experimenté en plétora cuando comenzó a pronunciar palabras: – ¡Disculpe, señor! – me dijo carraspeando cada letra y haciéndola sonar como la voz de un beodo. De su boca expelía un insoportable hedor a tabaco. – Déme un minutito de su tiempo – agregó.

A pesar de todo no puse reparo en su compañía, pues adivinaba que de no mostrar interés en sus palabras y burlarme irónicamente de sus dichos ella se iría tan rápido como llegó.

– ¿Qué desea? – pregunté con seriedad y mirando hacia otro lado, al tiempo que le arrojaba a las palomas otro puñado de maíz.

_ ¿Quieres conocer lo que el destino tiene preparado para ti? – me dijo -. Déjame leer las líneas de tu mano.

– ¡No, gracias! – le dije -. Lo sabré a su debido tiempo.

– No seas bobo – me dijo, mientras sacaba de un estrecho bolsillo la mitad de un cigarro y lo encendía -, con mi ayuda podrás anticiparte a muchas cosas sin necesidad de esperar, serás capaz de decidir antes que el resto… ya no perderás tu valioso tiempo. ¡Vamos, yo puedo ayudarte! – agregó -. Sólo extiende tu mano y yo te contaré lo que la vida te depara.

– No tengo interés en saber cosas venideras – respondí, manteniendo mi vista fija en las aves.

– ¡Vamos, hombre! Adelántate a los hechos… tú puedes tener el poder. Yo te ayudaré a conseguirlo.

– Quien conoce el pasado tiene más poder que aquel que pretende revelar el futuro – respondí, filosofando. Sin embargo, no sé en qué momento de descuido dejé mi reticencia y acerqué mi mano a la cíngara, mostrándole la palma -. Bueno, enséñame entonces el porvenir que tanto te interesa.

La horrible mujer esbozó una sonrisa, dio una pitada a su cigarro, tomó mi mano y la roció con el desagradable humo que exhaló de su contaminada boca. – Cierra los ojos – díjome. Sonreí, pero lo hice. ¡Aún no entiendo cómo me dejé llevar y caí en su sórdido juego! Mientras ella pronunciaba extrañas palabras en su dialecto yo pensaba en lo ridículo que me veía con los ojos cerrados junto a una mujer horripilante y un montón de palomas a mis pies.

– Veo – díjome – un futuro maravilloso para ti… alegría desbordante habrá en tu vida si eliges los caminos correctos. Sin embargo, en estos senderos de luz también hay oscuridad, hay mucha gente que te quiere dañar, y debes cuidarte. Hay algunos que te desean males físicos y desgracias materiales. Te quieren ver llorando, arrastrándote por el suelo como un gusano. Les causas envidia porque no pueden tener lo que tú posees.

La voz carrasposa y la hediondez de la gitana me irritaban. Aún me mantenía escéptico ante sus dichos, sin embargo, había algo que me conectaba con ella, y lo peor es que no sabía qué.

– Ellos – continuó – no se han contentado con desearte cosas malas, pues hay uno en especial que ha ido más allá… uno que tiene un don mental que puede lograr que sufras en forma física sus ataques psíquicos.

– ¿Quién es? – pregunté sin percatarme que a cada instante me adentraba más y más en su juego.

– No puedo saberlo – respondióme.

– ¡Pero me dijiste que me ayudarías! – inquirí.

– Sí… lo dije y lo estoy haciendo; sin embargo, esta persona se refugia en un aura de tinieblas, en un círculo de oscuridad impenetrable que no me permite reconocerlo.

De súbito reaccioné y me di cuenta que la gitana siempre hablaba de hay gente, también de cosas malas, y una persona, nunca entregaba antecedentes concretos de sus dichos. Por ello decidí cortar de cuajo toda esta charlatanería, más aún cuando me dijo: – Un grave mal a tu cuerpo ha sido enviado por aquel que te odia. Yo podré sanarte… sólo tienes que entregarme un billete de tu bolsillo y depositarlo en mi mano, así te podré ayudar… arrancaré de ti todo mal y pondré una barrera para que tu alma y tu cuerpo no sean corrompidos por el daño y el dolor.

En un gesto que me costó caro, decidí hacerle una broma a la gitana para que se diera cuenta que no creía nada de lo que me decía, y menos en su treta para quitarme dinero. Entonces abrí los ojos y mirándola le dije: – Bueno, agradezco vuestra ayuda… ¡ahí tiene su paga! – y en un segundo las palomas estaban picoteando los enclenques pies de la cíngara, pues como sueldo a sus habladurías arrojé la bolsa de maíz sobre sus zapatos mugrientos. Así pues la mujer comenzó a saltar de un lado a otro como una odalisca borracha para alejarse de las famélicas aves.

Me sentí satisfecho y reí sardónicamente, sin embargo, fue en ese instante, cuando la mujer ya habíase caído al suelo, que escuché su terrible juramento en un idioma que nunca pude ni podré entender. Así fue como, de súbito, las palomas volvieron a reunirse frente a mí, pero esta vez tenían algo extraño en la mirada: una expresión diabólica en sus ojos. Más de cincuenta de esas aves se amontonaron a mis pies y zureaban con un sonido que provenía desde el mismo infierno, cuando de repente, y sin darme cuenta, se lanzaron en picada sobre mi rostro y, mientras luchaba por desligarme de este infernal ataque, los siniestros pájaros, cual si fueran cuervos, picaron mis ojos hasta vaciar sus órbitas.

Después de ello sólo recuerdo el calor de la sangre deslizándose por mis mejillas, escurriéndose entre mis dedos, y el bullicio de la gente que se acercó a ayudarme… pero era demasiado tarde, pues yo ya no tenía ojos, y así quedé completamente ciego, cubierto por el oscuro manto de las tinieblas.

De esa forma, entonces, se cumplió la maldición de la gitana.

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