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Juan Ortiz y la hija del cacique

Cuando, el día tres de junio de 1539, Hernando de Soto tomó posesión de la estrecha faja arenosa que se extendía al este de la región pantanosa de “The Everglades”.

Un indio le hizo saber que muy al interior había un cautivo cristiano que era español y conocedor del país. De Soto, ávido de informes directos sobre aquella tierra selvática y codicioso de sus posibles riquezas, despacho inmediatamente una expedición que no tardó en regresar con un hombre bronceado, desnudo y tatuado como un salvaje, que tenía porte y aspecto de indio.

Al principio el hombre no acertaba a recordar su propia lengua nativa, pero poco a poco fue haciendo memoria y contó la asombrosa aventura de su vida. Se llamaba Juan Ortiz y era nacido y criado en Sevilla. Hidalgo pero pobre, había venido al Nuevo Mundo en busca de fortuna, formando parte de la expedición de Pánfilo de Narváez a la Florida en 1528.

Pero cuando Narváez y trescientos hombres que lo acompañaban no regresaron de un viaje de exploración que habían emprendido hacía el norte, Ortiz y otros sobrevivientes embarcaron para la Habana. Poco después, sin embargo, unos veinticinco españoles, entre los cuales se contaba Ortiz, volvieron a la Florida para reanudar la expedición.

Al llegar a la playa donde Narváez había desembarcado, sólo se ofrecieron a sus miradas unas cuantas chozas con techo de paja y dos o tres indios en inmóvil expectativa. Algo más vieron, sin embargo; algo que pudiera haber dejado un blanco__ una caña clavada en la arena y cuya punta hendida sostenía lo que en apariencia era una carta.

Juan Ortiz, pletórico de vida, valor y entusiasmo, bien parecido y seguro de su estrella, no quiso esperar a que todos desembarcaran para apoderarse de aquella carta. Solo permitió que le acompañase otro hombre en el bote de remos. Sus compañeros intentaron disuadirle recordándole la conocida ferocidad de aquellas gentes de la Florida. Pero nada detuvo a Juan Ortiz

Remó hasta dejar el bote en la arena, y saltando a la playa corrió alborozado hacía la carta, con una sonrisa de satisfacción por estar pisando la tierra de aquel mundo nuevo. Pero no tardó en verse detenido por una muchedumbre de hombres altos, oscuros y tatuados, que lo agarraron con brazos tan duros y fuertes como ramas de árboles. Oyó golpes y vio como el otro español conseguía desasirse para caer a los pocos pasos muertos a palos. El barco de vela en que había llegado la expedición ponía a toda prisa proa al mar.

Juan Ortiz fue llevado a una aldea donde una multitud de gentes de piel oscura y pintarrajeada empezó a surgir de las casas sostenidas en pilotes sobre los estrechos canales. Corrieron tras él lanzando gritos hostiles, hasta que llegaron a una especie de plaza cortadas en la maleza, donde varios hombres sentados en troncos rodeaban al gran jefe bronceado. El jefe, que estaba cubierto de tatuajes y cuyo rostro parecía tallado magníficamente en un trozo de madera curtida a la intemperie, permaneció inmóvil mientras llevaban al cautivo a su presencia.

El joven español miró lentamente en derredor, un tanto aminorada la fiereza de sus ojos por la actitud extraña y amenazadora de las gentes; a ambos lados tenía grupos de hombres adustos y silenciosos; detrás atisbaban murmurando las mujeres_-viejas de caras amarillentas y marchitas, hermosas madres con sus hijos en brazos, doncellas gentiles de piel suave y grandes ojos tímidos. La multitud estaba ahora inmóvil y silenciosa, atenta a la deliberación del consejo, una serie alternada de murmullos y silencios. El calor era asfixiante y el sol deslumbrador; la piel de Juan Ortiz ardía bajo la gruesa ropa de España y un sudor frío le corría por la espalda. Oía el zumbido de las moscas en el denso silencio. De pronto vio que el jefe ponía fin a la sesión con un simple movimiento de la mano.

Ortiz pasó la noche amarrado en una choza y al amanecer vinieron unos hombres que lo condujeron por la arena pisoteada hasta un lugar donde había clavados en el suelo sobre viejas cenizas unos postes bajos. Mientras la bronceada muchedumbre lo contemplaba, le arrancaron la ropa hasta dejarlo desnudo, con el blanco cuerpo luciendo extrañamente al sol. Lo extendieron sobre una especie de parrilla hecha con leños a la cual lo ataron con correas, imposibilitado todo movimiento. Aplicaron un palo encendido y Juan Ortiz oyó el chisporroteo de la leña que tenía debajo, sintió taladrante dolor de quemaduras en la espalda, y lanzó un grito angustioso, grito de protesta que le arrancaba aquella muerte espantosa__! Madre de Dios¡

Pero de pronto empezaron a separar los ardientes leños y alguien cortó las ligaduras de cuero que le inmovilizaban pies y manos. Lo pusieron rudamente en pie y avanzó a empellones, vacilante, cegado por el sol y la angustia, hasta llegarse de nuevo ante los hombres del consejo. Vio vagamente a una de las muchachas que le habían parecido gentiles, en pie ante los jueces, hablándoles animadamente. Era bronceada y dulce, iba desnuda de cintura arriba y la falda de hierba le llegaba a las bien formadas rodillas. Pendían de su cuello brillantes adornos y hacía un gracioso movimiento al echar hacía atrás la larga cabellera negra.

Luego el jefe levantó la cabeza para mirar al cautivo, _ así como éste último recordaba haber visto a los negreros españoles mirar al indio que les ofrecían en venta.._ A una señal de asentimiento que hizo el jefe, los hombres se llevaron a Juan Ortiz, atormentado por el dolor de sus quemaduras pero sabedor de que no iba a morir, de que la muchacha le había salvado la vida. Más adelante sabría que tanto ella como otras mujeres habrían creído que era demasiado joven y hermoso para perecer, y que la muchacha había convencido a su padre, el jefe Ucita, de que él y la tribu podían enorgullecerse de tener un cautivo blanco.

Algunas mujeres de edad cuidaron de él en una de las chozas con techo de hojas_-poniéndole emplastos en la espalda y llevándole agua y comida_ Hasta que Juan Ortiz volvió a tenerse en pie, lleno de ánimo y esperanza, agradecido de poder respirar el aire puro a plenos pulmones. Aprendió a saborear la comida india, a no usar otra ropa que un taparrabo, y se le bronceó el cuerpo por la constante exposición al sol. Aprendió palabras indias y las artes de pescar con arpón y red; trabajó con las mujeres haciendo vasijas, raspando pieles, cortando leña y transportando agua constantemente. La muchacha que lo había salvado le dirigía dulces miradas y tal vez se deslizase alguna noche en su cabaña para consolarlo amorosamente, lo cual no se consideraba impropio que hiciesen las muchachas indias antes del matrimonio.

Pero al cabo de algún tiempo no bastó que ayudase a las mujeres en sus tareas. Juan Ortiz fue conducido cierto día lejos de la aldea a un lugar situado en el corazón de la selva donde había troncos apilados en tosca imitación de túmulos. Era allí donde aquellas gentes exponían a sus muertos. Bajo una pila reciente de troncos pequeños yacía el cadáver de un niño, hijo de uno de los jefes. El cuerpecillo había de ser guardado durante cuatro días con sus noches contra las bestias feroces.

Juan Ortiz debía cuidar de la hoguera encendida al pie del túmulo, sentose junto al fuego, pensando en la casa de su padre y en las animadas calles de Sevilla. Arriba entre los árboles, oyó chillidos trémulos y voces que ululaban. Poco a poco, sin darse cuenta, se fue quedando dormido.

Al despertar oyó algo que se arrastraba furtivamente entre la maleza. Más allá de los rescoldos de la hoguera unos ojos verdes lo miraron y desaparecieron Con el corazón palpitante corrió en aquella dirección y arrojó su lanza entre los arbustos. Luego escuchó atentamente, pero no volvió a oír nada. La oscuridad se hizo más densa en derredor suyo se volvió a cuidar el fuego, encomendándose al cielo A la primera claridad del día fue a examinar la pequeña pila de troncos y vio que estaban separados como por una fuerte garra. ¡El cuerpo del niño había desaparecido! El relente matinal no estaba más frio que la piel de Juan Ortiz. Aquello suponía su condena a muerte. No tardaron en llegar los hombres de la tribu y, entre ellos, el padre del niño, que le lanzó una mirada de odio. Las viejas cicatrices de la espalda le dolían cuando les explicó lo ocurrido. Algunos hombres corrieron hacia donde les indicó mientras otros empezaron a amarrarle las muñecas. En esto sonó un grito. Los que habían corrido volvían triunfantes trayendo en alto el cuerpo del niño y arrastrando un enorme lobo que tenía clavada en la garganta la lanza De Juan Ortiz. Este pensó que nunca había asestado una lanzada con tanta fortuna.

Los tres años que siguieron a aquel suceso fueron bastante buenos para Juan Ortiz, pues gozó de la protección del jefe Ucita e hizo la vida que correspondía a un guerrero indio, sujetándose la larga cabellera con flechas, afeitándose la barba con afiladas conchas de mariscos y hasta dejándose tatuar y ser iniciado en un clan.

Los indios respetaban a todo el que supiese mostrar su hombría entre ellos, y el ex cautivo tomó parte en las fiestas de la tribu, corriendo y riendo en torno a la hoguera con sus nuevos iguales.

Entonces sobrevino por el noroeste un ataque incontenible de otro jefe indio, llamado Mococo que incendió el poblado de Ucita y algunas de sus gentes se escaparon al sur.

Ucita creyó a pie juntillas lo que el sacerdote de la tribu le dijo en secreto: su desgracia y la de los suyos era debida al hombre blanco.

Aquella noche, cuando Juan Ortiz dormía, la muchacha que lo había salvado, la hija del jefe, se deslizó en la choza y le susurró al oído que su padre tenía la intención de hacerlo matar en las ceremonias de expiación del siguiente día, para que cambiase la suerte de su pueblo.

La joven le aconsejo que se levantase inmediatamente y corriera a presentarse al victorioso Mococo. Se ha dicho por algunos que la joven huyó con Ortiz a pesar de estar prometida en matrimonio a un joven jefe. Pero la leyenda original dice que solamente fue en su compañía hasta medio camino para enseñarle el sendero que había de seguir.

Ortiz llegó por la mañana a un río donde estaban pescando dos de los hombres de Mococo, cuando les dirigió la palabra, echaron a correr dando la voz de alarma a los guerreros que le hubieran dado muerte si alguien no hubiese comprendido sus gritos en demandes de auxilio. En eso se presentó el mismo Mococo, curioso por ver al cristiano que venía a el del campo enemigo. Lo acogió con generosidad. Ortiz prometió servir lealmente al gran jefe y éste, en cambio, le dio palabra de que, si llegaba a la costa Algún navío con cristianos, quedaría en libertad de irse con ellos.

Así fue como un mensajero indio pudo hablar a de Soto del cautivo español, y como Mococo, fiel a su palabra, permitió a Ortiz unirse a sus compatriotas. También fue así como esta dramática historia de Juan Ortiz y su salvación por la hija de un jefe indio fue incluida en la clara y auténtica historia de la expedición de De Soto por un caballero portugués, vecino de la ciudad de Elvas, que la oyó del mismo Juan Ortiz, y la escribió y publicó en Portugal el año de 1557.

La narración del caballero de Elvas fue traducida al inglés y publicada en Londres a principios del siglo diecisiete. Poco después el capitán John Smith publicó la historia de su romántica salvación por Pocahontas en la segunda versión de sus aventuras de 1607 con los indios de Virginia, La primera versión de aquellos sucesos no menciona el episodio de Pocahontas. Por esta razón, algunos historiadores consideran la historia del caballero de Elvas como el verdadero origen de la gran leyenda norteamericana del cautivo blanco Juan Ortiz, salvado del suplicio por una doncella americana.

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