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Fieles hasta la muerte

Don Alejandro los crió desde chiquitos, no importaba que fueran “criollos” él cuidó de dos perritos como si fueran sus pequeños hijos.

La Chocolata y El Güero crecieron libres y felices allá en el rancho el Potrero, que pertenece al municipio de Bustamante, Nuevo León.

Cuando algunos días se ausentaba Don Alex por motivos de salud y luego regresaba al rancho, ellos lo recibían con una alegría desbordante.

Daban vueltas de un lado a otro, saltando y ladrando de emoción, mientras él los colmaba de abrazos, mimos y caricias.

Lo acompañaban a las labores del campo desde la madrugada, hasta ya entrada la tarde, cuando regresaban literalmente con la “lengua de corbata” por la sed y el cansancio.

Así pasaron muchos años, hasta que un día, don alejandro cayó enfermo y fue necesario que uno de sus hijos lo trasladara a Monterrey para que lo atendieran.

Sin embargo, no pudo recuperarse e irremediablemente su vida terminó a los 93 años.

Lo llevaron a enterrar a su rancho (como fue su voluntad) y quienes estaban a la entrada para recibirlo, eran sus perros la Chocolata y El Güero.

Con las orejas gachas, el cuerpo encorvado y la cola entre las patas, caminaron detrás de la carroza, hasta que llegaron a su casa donde lo iba a velar.

Cuando bajaban el féretro de la carroza, los perros comenzaron a llorar y luego que lo dejaron en medio de la sala, salieron y se colocaron como dos centinelas, uno a cada lado de la puerta.

Desde ahí recibían con lloridos y gimoteos a todo el que llegaba al velorio, pero no se movieron ni un centímetro de su lugar, ni para comer o tomar agua.

Por la tarde del día siguiente se hizo una misa y luego se retiraron todos al cementerio; aquellos perros fueron los primeros en caminar fieles tras la carroza.

Eran los primeros en el cortejo que caminó penosamente por las polvosas calles del pueblito.

Al llegar al panteón volvieron a bajar el féretro, pero ahora, los perros iban delante, como si comprendieran que guiaban a su dueño en el camino a su última morada.

Al llegar al sitio donde se iba a sepultar, se abrió el cajón para que la familia lo viera por última vez y entonces, los perros lloraron tristemente junto a los demás.

Luego cerraron el ataúd y procedieron a llevarlo al pozo, mientras la Chocolata y El Güero se colocaban uno a cada lado.

Es el momento más duro cuando cae la tierra y las flores, todos expresaban su pena y más sus canes adoptivos.

Los enterradores cumplieron con su trabajo final, colocando las ofrendas florales y luego, se despidió el cortejo.

Todos los allegados se fueron, excepto dos, quienes se quedaron recostados muy quietos sobre la sepultura entre la tierra y los ramos florales.

Casi en la salida, mi suegro volteó y dijo asombrado: “¿Cómo es posible que esos animalitos le tengan tanta estima y agradecimiento a papá Alejandro?” .

Sintiendo lástima y ternura por ellos los llamó, pero tardó un buen rato en convencerlo que se fueran con nosotros de regreso a casa.

Luego llegaron y se acomodaron en el patio, pero el suegro tenía miedo de dejarlos solos en el rancho porque estaba seguro que se iban a morir de tristeza.

Pero los vecinos lo convencieron de hacerlo, pues ellos prometieron adoptarlos y atenderlos para que nada les faltara.

Bien decía el escritor Mark Twain sobre la nobleza de los canes: “Si recoges un perro hambriento de la calle y lo haces próspero, no te morderá; esa es la principal diferencia entre un perro y un hombre”.

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