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Espectro lo convence de abandonar el oficio de chiclero

En su juventud el policía jubilado Julián Cardoz se enfrentó a una mujer fantasmal y por eso no se metió a chiclero.

“Tanto mi abuelo como mi papá radicaron mucho tiempo en Chetumal, en la época en que la producción de chicle estaba en su apogeo. Yo fui en un par de ocasiones cuando era adolescente y vaya que me arrepentí por el espanto que viví.

“Ya me habían contado mi abuelo y mi papá que se internaban por largas temporadas en el monte, sin contacto con la civilización y con los peligros que conllevan las serpientes, escorpiones y otros seres propios de estos sitios, y que varias veces habían visto espantos, tanto el mal viento como a Juan Tuul y espíritus chocarreros que seguramente habían fallecido ahí.

“En una ocasión, teniendo 18 años de edad me llevaron a la ‘chicleada’, pues hacían falta personas y esa vez sería un corto tiempo, por lo que sin preguntarme me llevaron y ahí casi me orino en los pantalones ante la presencia fantasmal que vimos todos.

“Eramos ocho personas, siete estábamos en una fogata cuando de pronto vimos a una mujer vestida de blanco y con los ojos rojos que brillaban en la oscuridad. Lógicamente se nos hizo muy extraño porque estábamos varios kilómetros monte adentro en lo más profundo del monte y pues de donde habría salido la señora, la cual vimos todos.

“Pasaron si acaso dos minutos y de pronto escuchamos un grito muy fuerte, una especie de alarido que nos paralizó de miedo. Bueno, dos de los compañeros alcanzaron a pararse con el fin de huir despavoridos, pero ya no pudieron, en ese momento la aparición de esa mujer se esfumó ante nuestros propios ojos.

“Lo más terrible para todos vino después, ya que estábamos en medio del monte y ni forma de regresarnos; nos fuimos todos a dormir, nadie dijo una sola palabra, pero creo que nadie pudo pegar el ojo, pues al despertar en la madrugada para la jornada laboral todos tenían ojeras. Debo confesar que durante la noche hice lo que jamás en mi vida había hecho: ponerme a rezar”, comenta en tono serio.

“Si eso que viví, solo yo lo hubiera visto, habría pensado que fue una visión, pero éramos siete y todos los vimos, incluyendo a mi abuelo y mi papá. Cuando salimos del monte no dijimos nada a los jefes ni a nuestros otros compañeros, por el temor a las burlas más que nada y porque necesitábamos el trabajo, y no fuera a ser que eso lo agarraran de pretexto para que nos liquidaran.

“Eso que nos pasó fue tres días antes de terminar el campamento y creo que esos siguientes tres días fueron los más terroríficos de mi vida, pues no sabíamos en qué momento podríamos toparnos con esa mujer fantasma, pero gracias a Dios ya no la vimos de nuevo.

“Fue mi debut y despedida en el chicle, jamás acepté regresar y como para ese entonces mi familia estaba por irse a radicar a Mérida, pues fue el pretexto perfecto. Sólo mi abuelo y mi papá se quedaron dos temporadas más ahí y pues era por necesidad, ya que era su forma de ganarse la vida pero ya no les volvió a pasar nada relacionado con esa mujer fantasma.

“Cuando vine a Mérida, poco después entré a la Policía y de vez en cuando, si la ocasión lo ameritaba, le platicaba a mis compañeros mi experiencia; unos me creían otros no, pero no me importaba.

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