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El reloj de péndulo

Nací en una antigua casona de dos pisos dispuesta en la falda de una colina y rodeada por un enorme bosque de álamos, lejos del mundanal ruido. Mi mamá recibió este hogar como herencia de mi abuela. Allí viví mi infancia al cuidado de mi padre, ya que – ¡oh, maldito soy desde el parto! – con mi nacimiento di muerte a mi progenitora.

Si pudiera recordar aquel triste y devastador momento estaría seguro que escuché latir el corazón de mi madre por última vez, pues nací con este don, con esta maldita facultad, que es el castigo impuesto por mi crimen primero.

Debo reconocer que en mi infancia esto fue un privilegio, pues me divertía y maravillaba en grado sumo gracias a la agudeza de mi oído. Recuerdo que iba al bosque, me sentaba en el suelo, con los ojos cerrados, y podía escuchar el suave sonido de las abejas al posarse en los pétalos de las amapolas, el crujido de las hojas antes de caer de las ramas de los árboles y el ejército de hormigas desfilando junto a mí. Todo eso y mucho más podía oír.

A los quince años, cuando murió mi padre, una tía se hizo cargo de mí y me llevó a vivir consigo a la urbe. La casa del bosque fue vendida y, por lo mismo, crecí rodeado del molesto ruido citadino. Fue desde ese instante donde comenzó a forjarse mi temperamento. Los dolores de cabeza eran muy frecuentes, lo que me ponía de mal humor, por lo que mi personalidad se tornó arisca y confrontacional. Los doctores nunca pudieron calmar mis cefaleas, pues todo era a causa de la agudeza de mi sentido.

Por las noches no podía conciliar el sueño, pues el silencio nocturno amplificaba los resuellos de mi tía y mis vecinos, los ladridos de los perros, el maullar de los gatos sobre las techumbres, las ratas royendo las paredes del añoso asilo de ancianos, las horribles disputas de los condenados en prisión y las quejumbrosas voces de los enfermos del hospital.

Estos malestares llegaron a niveles críticos, ya que después no sólo fueron cefaleas, sino también sangramiento nasal, mareos y vómitos, por lo que tres años más tarde, mi tía volvió a comprar la casa del bosque y nos fuimos nuevamente a vivir allí. Sin embargo, esta vez contrató a una asesora doméstica para que la ayudara en sus quehaceres debido a su avanzada edad.

Debido a mi situación nunca busqué un trabajo en la ciudad, entonces para poder contribuir con ingresos monetarios me dediqué a la venta de leña y de muebles y juguetes que yo fabricaba, obviamente, con la madera obtenida de los árboles de mi predio.

Sin otorgarme enormes ganancias, rápidamente se transformó en un trabajo rentable. Mi principal comprador era Eustaquio, el hijo mayor de Zulema, mi empleada doméstica. Cuatro veces a la semana el hombre iba hasta mi casa con sus tres jumentos, me compraba la leña y los muebles, y luego los vendía en la feria de la ciudad. De esa misma forma se consiguió para mí unas piezas mecánicas, engranajes y un péndulo para construir el reloj que mi tía tanto anhelaba tener.

Con esas ganancias no sólo pagaba el sueldo de Zulema, sino también compraba lo necesario para el hogar, como alimento y otros menesteres, además de las medicinas que mi consanguínea consumía a diario por su débil estado de salud, el que iba empeorando con el pasar de las semanas.

Una tarde de septiembre del año que no quiero recordar, mientras cortaba leña y me distraía oyendo el trino de las golondrinas, detuve de súbito mi hacha y un sudor frío cayó desde mi frente, se erizaron los pelos de mi piel y una lágrima se deslizó por mi mejilla. No fue necesario que Zulema gritara, cinco minutos después de yo haberme enterado por mis propios medios, que mi familiar yacía muerta en su cama.

Como no teníamos más parentela, en su velorio sólo estuve yo; Zulema; Eustaquio; Amanda, su esposa; y el hijo pequeño de ambos. Gracias a un permiso municipal me fue autorizado sepultar a mi tía en el patio trasero de la casa del bosque. El ataúd lo fabriqué yo mismo con ayuda de Eustaquio, el cual también se consiguió una loza de mármol en la que mandamos a cincelar:

“Aquí yacen las restos de P.A.E., de quien su amor fue tan febril como el de una madre.
Descansa en paz.”

Así, con cada clack-clack del reloj de péndulo, comenzó a pasar el tiempo… lenta, muy lentamente. A pesar de todo continué con mi trabajo, al igual que Eustaquio y Zulema, pero todo era distinto por la ausencia de mi querida tía. La vida empezó a ser más triste desde entonces.

De súbito volvieron las jaquecas, así también las hemorragias nasales. Por estos motivos abandoné por un tiempo mi trabajo y me entregué a los cuidados de Zulema, sin embargo, no mejoraba. Autoricé a Eustaquio a que viniera a casa y se llevara la madera que él quisiese cuántas veces lo necesitase, pues mi situación no me permitía hacer esfuerzo físico.

Con las horas fui empeorando, cada segundo era un martirio: me retorcía en la cama al oír los cascos de los horribles jumentos de Eustaquio, cuando éste cortaba leña con el hacha era como si partiera mi cabeza hasta dejarla en minúsculos trozos, la risa de su insulso hijo me daba nauseas al igual que el enorme bullicio que hacía Zulema al ordenar la casa.

Por las noches tenía horribles pesadillas: soñaba con el demonio persiguiéndome con su látigo de fuego, y sus azotes reventábanme los oídos, y que, con mis orejas sangrantes, me refugiaba en una antigua y enorme iglesia, pero la voz del sacerdote heríame aún más, pero en menor grado que el diablo en el campanario haciendo sonar a destajo una gigantesca campana.

Siempre recuerdo esa última pesadilla, pues aquella noche fue cuando me levanté con la furia de Baal poseyendo mi corazón. El clack-clack del reloj de péndulo retumbaba como la carroza del diablo en mi interior. Con fuerzas de flaqueza y azuzado sólo por el odio de Mefisto me alcé de mi cama y fui en busca del hacha para destruir aquel artefacto infernal que mi propia destreza construyó. Caminé tambaleante, pero una vez frente a él lo miré y le dije: – ¡Si por la pericia de mi mano te fabriqué, por mí caerás en trozos, maldito adminículo de Belcebú! – Sin embargo, cuando voy a darle el golpe de gracia me percato con horror que el péndulo no se movía, pues Zulema lo había desconectado para aliviar mis dolencias. Pero entonces, ¡maldito sea!, ¿qué era ese claro clack-clack que para mí era un suplicio como la condena de un alma en el purgatorio? Clack-clack… ¡SIN CESAR!… clack-clack. Absorto y con una idea fija en mi cerebro me dirigí a la habitación de Zulema. Abrí la puerta y fue como si hubiese abierto un portal del averno con mil demonios chasqueando sus ígneos látigos. De pronto todo eso se detuvo, pues el clack-clack ya no me atormentaba, ya que el corazón de Zulema colgaba inerte del filo de mi hacha.

Ahora estoy aquí, sufriendo solo mi calvario, con mi maldito don en esta fría y oscura celda, esperando mi sentencia aunque ya sé cómo será mi fin, pues acabo de escuchar la resolución del juez. Mi único deseo es que la silla eléctrica me mate rápido y que… ¡AHÍ VIENEN! ¡YA VIENEN POR MÍ!

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