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El caballo del diablo

El abuelo Toño le platicaba este relato a mi padre cuando estaba joven y vivía en el rancho de La Ermita, en el municipio de Villa Mainero, Tamaulipas.

Allá por el 1930 los bailes eran muy socorridos por la mayoría de la población joven y la no tan joven.

Para quienes vivían en el campo, era de las pocas actividades que les ayudaban a relajarse y distraerse un poco de las duras faenas.

En una de tantas rancherías vivía un muchacho llamado Arturo, era buenísimo para el baile, bien enviciado el condenado.

No había fiesta a la que no acudiera, estuviera o no invitado.

El colmo era que por la madrugada, cuando escuchaba a lo lejos el sonido de un conjunto musical, enseguida ubicaba el sitio y rápidamente se arreglaba para irse.

Así lo hizo muchas veces, pero una madrugada, mientras trataba de dormir, le pareció escuchar una melodía que se tocaba muy cerca de ahí.

Como un resorte se paró de la cama y salió al patio, luego ubicó el sitio y dijo: ¡ah, es en la ranchería fulana! Y se metió apresurado para cambiarse de ropa.

A medio peinar salió y se dirigió al corral, sacó su caballo, lo ensilló y luego lo amarró al tronco de un árbol cercano.

Fue a la casa para despedirse de su madre, quien ya estaba acostumbrada a sus desbalagadas nocturnas. “Que te vaya bien, mucho cuidado” –le dijo más dormida que despierta la pobre mujer.

Como de rayo subió al jamelgo, pero a unos metros se tuvo que regresar porque había olvidado su navaja (muy elemental por aquellos lugares). Entró y salió tan rápido como pudo, montando en automático al caballo que salió cobijado bajo una nube de polvo.

Más adelante estaba una división de caminos y Arturo debía tomar a la derecha para llegar al baile, de lo contrario, la brecha de la izquierda lo llevaría hasta un barranco profundo.

Sin embargo, el animal no atendió el mandato de la rienda que le ordenaba su jinete y se fue a la izquierda.

Corriendo como alma que lleva el diablo llegó a pocos metros del desfiladero, y por más que el muchacho tiraba de la rienda, el caballo nomás no se detenía.

Entonces pensó: “Si no me tiro, este animal me mata” y sin pensarlo mucho saltó del endemoniado cuaco.

Dicen que después del costalazo que se dio, pudo ver que su cabalgadura tenía unos ojos tan brillantes como el mismo infierno y que dejaba tras de sí una estela de lumbre.

Arturo quedó muy impresionado y regresó corriendo a su casa como pudo en medio de aquella terrible oscuridad.

Se llevó una gran sorpresa al descubrir que su caballo seguía amarrado al mismo tronco del árbol aquél.

Entonces comprendió que, sin darse cuenta, había montado al mismísimo diablo, quien con gusto lo iba llevando a la muerte a causa de su vicio.

Basta decir que ya no le quedaron más ganas de andar en esos trotes, de madrugada y sin ser requerido.

Yo pienso que eso se lo platicaban a la raza para que les diera miedo y no se les ocurriera andar de desbalagados; no vaya a ser que se les apareciera “la cosa mala” entre la oscuridad del monte.

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