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El ámina del puente (Guanajuato)

El convento de Celaya, Guanajuato, no solo ha sido objeto de múltiples visitas turísticas, si no de apariciones macabras también. Para los habitantes del lugar no es nada nuevo hablar del fraile que se pasea por sus pasillos en cuanto cae la noche. Se cuenta que siempre que necesita reflexionar el sacerdote Fray Juan de Espíritu Santo salía a caminar por los pasillos del convento, los cuales recorría con gusto y a paso moderado. Ésta practica ya la venia haciendo desde hace cinco años. Debemos decir que el convento de Celaya, además de ser hermoso, era muy grande. Cierto día se le acerco un indio del lugar, que sofocado llego a confesarle algo a Fray Juan. De acuerdo a lo relatado por este hombre, él era el único que podría ayudarlo. Felipe Santiago, que era su nombre pidió con insistencia a Fray Juan que lo confesara. Finalmente el padre accedió y lo escuchó con asombro. Después de haberlo escuchado, el padre se encontraba sobresaltado por el relato y solo atinó a decirle: es necesario que lo confieses con testigo. El indio estaba confundido pues no alcanzaba a comprender porque el padre requería que lo hiciera con testigos; a lo cual terminó por acceder, fijando así una hora del día siguiente, como la indicada para llevar a cabo la confesión con testigos. Se fue a casa no del todo convencido pensando en la petición del padre, la cual, después de todo, era muy extraña. Al cabo de unos minutos ya no le estaba dando tanta importancia a lo sucedido más bien estaba más enfocado al aire tan helado que estaba soplando y como llevaba huaraches, el tremendo frío lo sentía en los pies. Ya en su casa se dispuso a dormir, pero en su mente le daba un sinfín de vueltas al asunto, por que no comprendía todavía la reacción del padre. Al día siguiente, cuando el indio llegó al convento con sus testigos, noto que el Fraile no estaba solo, pues con el se encontraban varios sacerdotes que se habían reunido impacientes para escuchar el relato. Felipe estaba visiblemente nervioso, pero aun así inició el relato: Hace tres años que falleció mi primo Salvador, a quién yo personalmente vestí para su entierro, ya sé que esto no tiene gran importancia. Sucede que… cuando lo estaba vistiendo sentí claramente como él me apretó la mano izquierda en tres ocasiones, pero no le dí importancia, pues pensé por que no alcanzaba a aceptar que mi pariente estuviera muerto. No comente con nadie lo que había sucedido por temor a que se burlaran de mí. Tiempo después, al atravesar el puente de Silva, aquel que dicen que esta embrujado, escuché claramente como mi primo Salvador me llamaba. Yo corrí lo más veloz que pude, pero entre más corría, más fuerte era la voz de mi primo que me llamaba. Me negaba a creer lo que sucedía en dicho puente, pero al final tuve que aceptar que era mi primo que venia del más allá a pedirme algo. En otra ocasión, y en el mismo lugar escuché claramente que mi primo me pedía con desesperación que mandara celebrar tres Misas, pues su alma decía se encontraba penado y esa era la única forma que podía encontrar el descanso eterno. Fue tanto el temor que se apodero de mí que ya no pude seguir mi camino y solo recuerdo que me desplomé. Momentos más tarde, me encontré con el brazo de mi cuñado Melchor, quien aseguraba que estaba borracho, lo cual no pudo comprobarme por no tener aliento a alcohol. Pasaron días antes de que yo decidiera hablar con mi familia, pues como me sucedió cuando vestí a mi primo, me dio miedo de que me creyeran loco por lo nuevo sucedido. Fueron ellos que al saberlo todo, me han pedido que venga hasta ustedes a quién consideran los más idóneos para ayudarnos para que el espíritu de mi primo pueda descansaren paz. Los sacerdotes escuchaban con gran atención a lo que decía el indio, pues no era el primero en decir que estaban en el puente, pero si el único en darle un nombre al suceso. Ahora restaba ponerle remedio al asunto. Fue así como se oficiaron las tres misas que el difunto había pedido, y santo remedio, porque se cree que el espíritu de Salvador por fin pudo descansar. Pero, según se cuenta, cada vez que pasaba Felipe por el puente lo hacia persignándose y por lo mismo, se cree que nunca se pudo reponer de aquella terrible impresión. Esta leyenda sigue siendo muy popular en el pueblo de San Miguelito, Celaya, donde todavía se conserva el puente de nuestra narración. De acuerdo a versiones más recientes indican que cuando quisieron tirar el puente para poder hacer un camino, escucharon terribles lamentos que provocaron la huida de los trabajadores. Desde entonces, es muy común oficiar misas en el convento de Celaya, en memoria de todas aquellas almas que han marcado como limite de su territorio aquel viejo puente.

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